La cara ambulante de Londres
Caminando por los aires vanguardistas de Londres (London en inglés), me encuentro con unos músicos itinerantes. El suelo, cientos de rectángulos de cemento, aún yace mojado por las garúas de ayer. Dando la espalda a una exclusiva tienda de ropa, tres percusionistas asiáticos se ríen con timidez. Están uniformados de rojo y negro (no es la novela realista de Stendhal) y tocan unos tambores grandes y muy limpios. Mientras me voy acercando, me doy cuenta de que el del medio es hombre y las de los costados, mujeres. Me miran y siguen riendo. Esta vez de gracia.
Sus blanquísimas manos sostienen un par de varas de madera con que percuten ritmos orientales, rápidamente y en tiempos acelerados. Además, se paran con las piernas abiertas, como guitarristas de heavy metal de los ochenta. Y no pierden el ritmo. Es apabullante. Pocos transeúntes se atreven a acercarse. La mayoría los observa desde la cera de en frente. Algunos son indiferentes. También los minutos de show callejero cansan. El día recién empieza y los dejo con su tam-tam asiático. A la vez que me alejo, pienso en Londres como una gran metrópoli musical (mucha gente pasa por mis hombros). Me acuerdo, por ejemplo, de Placebo, uno de los últimos íconos del rock británico. Prendo mi discman y contextualizo mi caminata. Suena Every you every me.
La rockolla en mis manos reproduce Where is my mind y caigo en la cuenta de que el piso ya está seco. Debió haber transcurrido un par de horas. De hecho, había más gente en las calles. Miro mi reloj: efectivamente, ha pasado más de 120 minutos. De pronto, mi concentración en las agujas del tiempo se ve perturbado por un ruido más intenso que el de mis audífonos. Y escucho una voz. En realidad, todos los presentes la escuchamos. Así, volteamos al mismo tiempo. A verlo. Era muy gordo y parecía un drag queen. Estaba probando su micrófono callejero. Lo conectaba a un pequeño parlante circular vinculado, a su vez, con un discman como el mío. Era calvo, vestía de blanco y llevaba unos excéntricos lentes amarillos. Y empieza a cantar.
La verdad es que no quise escucharlo. No porque no se le merezca (al contrario), sino porque estaba apurado. Así que caminé lo más rápido que pude. Mis hombros luchaban con los de otras personas. Caía la tarde. Y ¡Zas! De pronto el golpe de una espada. Era un caballero salido del antiguo imperio anglosajón. Qué locura. En realidad, no se vino contra mí, sino contra quien puso una moneda en el sombrero que yacía frente a él. Pero calma, pronto será una estatua. Y así fue. Se volvió a subir en su banco pequeño, de color guinda, y conservó una mirada incólume durante minutos. Hasta que otro hierro circular lo despertó. Y así muchas veces. Su maquillaje mostaza y las dos espadas en sus manos lo dotaban de aspecto muy realista. Una estatua humana en las calles de Londres. Vaya.
Así es la otra cara de esta perla europea. Ambulante, artística, espontánea. Cientos de almas talentosas ocupan sus lares a diario. Lograr la atención es un reto. Vivir para sentir, un ideal.
Filed under: Uncategorized by Rose
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